
Las grandes farmacéuticas ofrecieron a Banting escandalosas sumas de dinero por la patente de su descubrimiento. Sin embargo, cedió todos los derechos al gobierno canadiense y a la Universidad de Toronto por tan solo 1 $
Uno de los momentos más increíbles y maravillosos de la historia de la medicina ocurrió cuando se inyectó insulina a varios niños que estaban en coma muriéndose por diabetes en un sanatorio de los Estados Unidos. Cuando estaban inyectando al último niño del grupo, el primero al que habían tratado comenzó a despertar y así, uno a uno, lo fueron haciendo todos.
Aquel instante se considera uno de los momentos más mágicos y extraordinarios de la ciencia de la medicina.
Porque antes de la “invención” de la insulina, tener diabetes era sinónimo de sufrir una muerte lenta y dolorosa, ya que no existía cura ni tratamiento alguno para esa enfermedad, hasta la década de 1920, momento en que apareció en escena el doctor Frederick Banting.
Banting tenía que dar una charla sobre el páncreas en la Universidad de Toronto, donde impartía clase. Estaba leyendo artículos sobre el tema para preparar la charla y leyó una teoría que sugería que la diabetes se debía a la falta de una hormona segregada en el páncreas, a la que se conocía como insulina. Así que en 1921 pidió un permiso a la universidad y se puso a investigar el asunto.
Un regalo para la humanidad
El 11 de enero de 1922 administraba la primera inyección de insulina a un ser humano, en el Toronto General Hospital, en Canadá, y el paciente era un niño de 14 años, Leonard Thompson, al que salvó la vida.
Tan solo un año después, Frederick Banting y su colega John Macleod recibían el Premio Nobel de Medicina. Además, Banting recibió una carta del primer ministro canadiense otorgándole una pensión vitalicia del gobierno de Canadá y fue convocado a una audiencia en el Palacio de Buckingham con el rey Jorge V, en la que fue nombrado Caballero.
Las grandes farmacéuticas ofrecieron a Banting escandalosas sumas de dinero por la patente de su descubrimiento. Sin embargo, cedió todos los derechos al gobierno canadiense y a la Universidad de Toronto por tan solo 1 $.
Ese altruista gesto hizo que la fabricación de insulina se acelerara, facilitando un rápido acceso al tratamiento de los pacientes con diabetes.
Banting creía que la insulina era un regalo a la humanidad que debía estar disponible para quien la necesitase y que no debía ser una mercancía para beneficio de los ricos y poderosos. Decía que la insulina no era una cura, sino un salvavidas para millones de personas.
Gracias a él y su altruismo, millones de personas pueden, no solo sobrevivir a esta enfermedad, sino vivir una vida plena con ella.